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Tiembla la política mundial. Un fenómeno imprevisto sacude los cimientos del stablishment, la aristocracia de poder que dirige a la humanidad a su antojo y capricho sin importar las funestas consecuencias de sus ruines decisiones. La aparición del mandatario salvadoreño, Nayib Bukele, en el escenario internacional es causa de trastornos para las viejas ideas políticas que tiranizan a las naciones con regímenes llamados democráticos o de un férreo signo autoritario. Unos son lobos sin más, los otros lobos igual pero disfrazados con suaves vellones de oveja. Ni con unos ni con otros tienen soberanía los pueblos no deciden por donde quieren marchar pues son llevados adónde no quieren ir. Esa es nuestra cruel realidad.
Bukele ha puesto la política patas arriba con enérgicas medidas de transformación social. El país es irreconocible del que heredó. Nunca en la historia de El Salvador hubo tanto interés en los gobernados ni tan sublime abnegación para servirles llenando sus vidas de alegría y felicidad. Anteriores regímenes lo convirtieron en un lupanar de degradación, de bandidos organizados de violencia extrema y una clase política ávida de poder y dinero vilmente corrupta. Era la nación más peligrosa de las naciones y no se hacía nada para cambiarlo pues los gobiernos anteriores, mientras más prolongarán esas condiciones, mayor era su negocio generando mejores dividendos. La podredumbre alcanzaba todas las esferas de poder. Todo era una pieza. Los malvados no eran castigados.

God Bless El Salvador

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